Salvador García en radio Vision Young FM 94.5

Virtud camaleónica

Por: Giuliana Mutti

En el centro de Young, con la puerta 1774 abierta y atravesando un pasillo algo oscuro, se encuentra Salvador. Me recibe con un cálido saludo y cuidando de que no se escapen sus perros salchichas.

Su casa es fresca y muy viva, con ese ambiente hogareño que recuerda a su nativo México: muestra colores vivos en las muñecas de la repisa, un patio interno color terracota que contrasta con el verde de las plantas, las caras de unos cuantos familiares en fotografías, el cuadro de calas cerca de la mesa, los helechos por doquier y la carpeta de crochet que decora el sillón.

Para las cinco de la tarde su trabajo en la radio ya terminó y ahí es cuando comienza su juego. Este hombre de 60 años dedica las tardes a jugar con “cosas pavotas que no sirven para nada, pero en el último rango permiten prevenir el Alzheimer”.

Salvador García en Visión Young FM 94.5

Estas cosas son programas de informática. Es que entre risas Salvador también da a conocer una carrera completa de sociología, un puesto gerencial en una empresa y trabajos diplomáticos con extranjeros, todo eso sin ningún papel que haga constancia de ello.

Jamás le importó la autoridad cualquiera que fuese. Desde joven hizo caso omiso a los futuros que deseaban para él sus padres. Echado de su casa, mientras trabajaba para mantenerse, estudió sociología demostrándole con un orgullo monstruoso a su padre que él sí podía.

Salvador se crió en una extraña dualidad. Entre su casa con hermanos dados al juego violento, un padre borracho que lo quería ingeniero y una madre que salía a trabajar soñando con que él fuera médico.

Pero también creció en su otra casa, la de los vecinos Daniel y Mary, que lo criaron como su hijo, con la batuta de padre adoptivo diciendo qué hacer e impulsándolo a seguir el oficio de zapatero.

No entendía bien qué hacía, era la oveja negra entre sus hermanos, “un poquito como rata entre lobos”. Creció con la honestidad descarnada, la condición desnuda de las cosas y las cobijas de sábanas cortadas en la miseria marginada del Distrito Federal. Hoy lo vive como un recuerdo, sin buscarle explicaciones.

Considera que todo es muy circunstancial, que él responde como todo ser humano al medio que lo rodea, y el medio va cambiando, al igual que el grupo de donde proviene el individuo. De allí que no lo deslumbra la brillantez, si no la humanidad. Encuentra la falta de respeto como su defecto favorito, a Beethoven, a Einstein y a algún otro más.

“Quizás es porque no soy brillante”, agrega buscando un deje de humildad. Tampoco entra en el juego social, sólo busca el reconocimiento personal, y su prioridad nunca fue el dinero.

Es más, dejó de trabajar por un desaire amoroso. Es que es muy sentimental, necesita ser querido, y hoy admite que no lo ha sido en mucho de su vida. O sus vidas.

Una de ellas como licenciado en fiestas de alto estatus a las que lo introdujo su entonces esposa, mientras estudiaba en la prestigiosa academia Esmeralda. En esos tiempos ya tenía a sus dos hijas; “lindas hermosas”, agrega hoy con los ojos brillosos fijados en la pared desde su sillón del otro lado del mundo.

El matrimonio duró trece años, hasta que llegó “el exabrupto” y un nuevo Salvador, con un abuso sistemático del alcohol. Las circunstancias lo llevaron a ser profesor, le decían “el Propio”, y él simplemente lo hacía por diversión.

Llevaba bajo el brazo un libro de prusiano antiguo (una lengua báltica extinta) que ya no podía entender, pero sí le permitía conservar allí sus cuentas de banco que en algún momento iba a recuperar. Pero el banco recogió su departamento y Salvador llegó a la calle.

Durante cien días, entre 1995 y 1996, vivió en la calle con el plan de morirse allí, pero un día frío de enero se encontró cantando “…Si te cuentan que me vieron muy borracho, orgullosamente diles que es por tí, porque yo tendré el valor de no negarlo y diré que por tus besos me estoy matando, y sabrán que por tus besos me perdí.”

Lloraba en la vereda cuando decía “…Sé que de este golpe ya no voy a levantarme”. Entonces, conoció la vergüenza, que no la conocía, y a las diez de la mañana del 10 de enero de 1996 prometió recuperarse a sí mismo otra vez.

Comenzó de cero, sin plataforma para lanzarse y sin un futuro claro: “Ya no viviría los siguientes 30 años esperando a que mi nieto estuviera a mis faldas”. Pero surgió Salvador nuevamente, esta vez desde su sentido artístico, que era hacer “monitos”, y con ello trabajó como dibujante de historietas. Servía de sustento también para sus hijas, que fueron a vivir con él y lo obligaron a trabajar, cosa que afirma no saber hacer.

Salvador García en el living de su casa

Hoy, después de 25 años, Salvador comparte sus días con Cristina, su mujer, en una pequeña ciudad de Uruguay. Con un modo de vida que lo ha sacado “de entre un montón de escombros humanos” y que le ha permitido alcanzar una vida que jamás soñó.

Añora su país después de ocho años alejado, especialmente su gente cálida, amable y brava a la vez. El choque de culturas no ha sido sencillo en su nuevo país “de gente fría”, pero siente que es él quién debe acondicionarse a las diferencias circunstanciales.

Porque al igual que Leonard Zelig, personaje principal de “Zelig”, una comedia de Woody Allen que él disfruta, Salvador tiene una capacidad peculiar de adaptarse cualquiera sea el medio en el que se encuentre, pero ¿quién es él en verdad?

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